9.1.09

Nadie en los ojos de Nadie


Me había dicho que juntas conoceríamos Madrid. Que me prepare porque en marzo podría cumplir mi deseo de cantar todas las canciones que llevaran la palabra Madrid allí. En el medio de la plaza mayor. Sí, esa misma plaza en don Otto y Ana jamás se encontraron a pesar de estar: uno,
junto al otro.
Recuerdo qué nervios nos causaba aquella escena la vez que la vimos por primera vez (aunque nos causó los mismos nervios las veinte siguientes veces) Nervios y miedos de la catástrofe que podría ser si no se ven.
Sí, ideas, miedos y nervios que se me cruzan por la mente en este precioso instante en que vos no te decidís, en que sé que estás dudando entre continuar con tu pasado, con ese amorío que te tiró a un charco, que te escupió el orgullo, que se acostó en mil camas mientras también se acostaba en la tuya, que te inventó sonrisas para ocultar todas las lágrimas que luego te haría desparramar. Y vos, siempre allí, perdida y deslumbrada por su rostro perfecto y esos ojos verde víbora que te encantan.
¿Tomar la maleta e ir corriendo por mí? O ¿Seguir esperando en tu casa a que suene el teléfono y sea ella?
Para qué negar que yo estoy igual, esperando en mí casa a que suene el teléfono y seas vos y digas: en dos horas tomamos el tren, nos vamos a Madrid, no agarres nada, solo tu cámara y las ganas de amarme.
Subo hacia la terraza tarareando una canción que se relacione con Madrid, una de Calamaro creo.
Bajo hacia la cocina, es la medianoche y tengo hambre, descubro que sigo sin aprender a cocinar para una sola persona y busco mi abrigo para salir hasta la esquina y darle mis sobras al perro del barrio, ese perro que no es de nadie pero es de todos, el pobre ya está viejo y se va quedando sin dientes y sin pelo, como todo viejo, pobre.
¿A dónde irán a parar todas las sobras de la comida cuando éste perro muera? Pensé. No pueden ir simplemente a la basura, se nos meterá un vacío inmenso en el estómago, faltarán ladridos en la calle, faltará el que nos espera llegar echado en la puerta ¿quién nos advertirá que merodean gatos por los techos?
Qué vacío dejará este perro, le dije a la vecina de enfrente, esa que sale a caminar para espiar a su vecino el verdulero. Ella asintió con un gesto de tristeza y siguió su caminata.
Aunque ese vacío no es tan grande como el vacío que has dejado vos.
Es el mediodía y vuelvo a tener hambre, sigo sin aprender a cocinar para uno.
Y el perro ha muerto.
Y el tren ya ha partido.
Y tu teléfono sigue sin sonar.
Al igual que el mío.
Nadie en los ojos de nadie.