10.1.17

Sbarra

Otoño. Que sea otoño. Que sea otoño y que llueva. Mucho. Que haya leños ardiendo en un brasero. Y un gato. Que haya un gato, y que sea negro y mire amarillo y se enrosque y nos enseñe un poco a vivir. Pero por sobre todas las cosas que sea otoño. Que le falte un vidrio a la ventana. Que entren por ese hueco el frío y la lluvia. Que tengas ganas de besarme. Muchas ganas. Que sea otoño. Otoño y que llueva. Que un hombre te esté esperando en otra parte. Y no vayas. que sea otra vez otoño. Y te quedes. Otoño y que llueva. Que no vayas. Que te quedes conmigo. Que sea otoño otra vez   y te quedes.

27.11.16

ANUSHKA QUERÍA CONOCER EL DELTA

Cada uno sabe donde le aprieta el zapato  y a ella todo lo relacionado con la zona del Tigre le llamaba frenéticamente la atención. Por eso la ayude a elegir la cabaña, como buena tourist, Anushka pretendía nadar en el rio, fortalecer su piel, coger hasta temblar y escuchar historias de la calle corrientes.
O historias de Charly, también le gustaban las historias de Charly, quien nos había presentado después de conocerla haciéndose la fría selfie de la postal de Muerto Madero.
Así que por presentarnos y llenar su viaje de calidez porteña y vino mendocino, el Charly estaba invitado a nuestra cabaña para seis cerca del arroyo Esperita.
Mientras el pequeño catamarán que trasladaba a nuestro amigo se acercaba, yo le daba la buena nueva a la sexi rusa de dos metros, hija de padre leninista y de madre polaca.
Me acerqué y le tomé las manos para saborear el rio meciéndose entre nosotras, me derretía y me movía entre sus brazos y labios infinitos que se bebían de a tragos espectaculares el mejor vodka que pudimos escoger del barco almacén.
Ya entonada hasta la tanga roja plush y purpurina (linda al tacto y a la vista), le contaba a Anushka  que Charly se había ganado un premio por internet.
Una mujer de ochentaisiete años regalaba mediante un concurso su colección invaluable de frascos de arena de distintas partes del mundo.
La señora se moría, y en el anuncio pedía encarecidamente que participaran solo aquellos a los que la arena, un lago, o el mar, les diera algo de ilusión.
Emoción, digamos, pasión por los detalles y la teletransportación. Levantar un caracol y ver el mar, apretar la arena entre la palma de los dedos y morir al ver como se escapa cada grano. Saber flotar entre el cielo y el mar y, de tanto en tanto, ver pasar lechuzas o pterodáctilos fieles y suicidas. Justo como vos, o como yo, justo como nosotros, tratando de volar tirándonos de cabeza al suelo, o el océano.
En sus últimos años esta señora había dormido cerca del Nilo, acampado por Vietnam y cenado en la Isla del Sol cerca de los aymará. Y nadie de su familia lo entendería, decía, sus amigos tampoco. Nadie de su entorno había compartido eso con ella. Ni el más grande ni  el más mínimo granito de arena.
Charly ganó,  él de entre cientos de miles de cibernautas había alcanzado el premio, el azar y la ilusión.
La adrenalina y la paz del mar entrelazadas en esas olas imaginarias, en esos mares individuales y universales. En esa vieja vida y en esa futura vida que le daría el Charly a esos frascos. Charly que  bajaba del barco sonriendo y festejaba y me invitaba a pensar en ideas de collage o escenografías para eternizar más y de otro modo esa peculiar abstracción que tenía entre sus manos, ese pedazo de mundo, esos colores únicos y terrenales, esos granos de arena hechos historia.
Esas historias listas para comenzar.

De la revista NEBULA TROPICAL