9.7.08

Su magia

Ana,
Hundía su nariz en las bolsas de residuos.
Por las noches Ana recorría las calles y las desanudaba, aspiraba sus muy fragantes fragancias, luego volvía hacia las veredas oscuras, en busca de mas bolsas, y, mas, mas, mas, mas, mas, mas, mas, y mas, infinitamente mas.
Le sucedió una noche, la primera noche, enamorarse para siempre de ese dulzor oxidado, de un olor a fiebre, lujuria y euforia que encontró en una de las peculiares bolsas que alguien pareció haber perdido, arrojado u olvidado.
Entonces decidió quedarse con él, robar aquel olor y llevarlo a su casa, que nada ni nadie jamás vuelva a separarla de sus aromas, de la omnipotencia que establecía sobre su cuerpo.
Magia decidió llamar a esa bolsa para que empiece a tomar forma, para que no la reconozcan solo por su olor y volátil figura. Procedió a la autopsia de aquel vientre blanco, fuerte, bellísimo y puro.
La gozó toda la noche, la acarició hasta sentirla en su espíritu y desde entonces todas las noches la amaba, esas noches que rápidamente se convertían en día, al lado de la Magia, se viajó de norte a dios, se desvivió por ella, y todo se lo dio a ella, ella, ella, no le importaba perder hasta su nombre (de escasas 3 letras) para que vuelvan a encontrarse a cada instante, en cada suspiro.
Exhausta, por fin, un día la cerró y se durmió, decidió olvidar aquella bolsa para siempre y devolverla, devolvérsela a las ocho moscas que la poseían cuando la encontró.
Despertó intoxicada por una despiadada tristeza.
Primero fue sospecha, y poco después la sospecha se vertebró en certeza.
La desanudó y la olió con verdadero afán, pero no pudo respirarla ya. Ya era otra. Una fantasma muerta.
La cerró.
La tarde subió funeral y húmeda, vacía y con meses de agotamiento. Caminaba desesperada, intentando descubrir qué sentía, que ya no lo sabía, ni recordaba cómo sentir.
Por la noche Ana volvió a su hogar. Y la encontró, se reencontró con la Magia, quizás alguien se había encarecido de ella, de su rostro suplicante por no hallarla, de sus ojos angustiados por intentar cerrarla para siempre, por haberla perdido, por sentirse perdida.
Y allí, bajo esa luna de noviembre, con movimientos bruscos se arrodilló ante ella, se abalanzó sobre su cuerpo, su desesperación desnudó hasta su alma y con las últimas energías recién recuperadas por la exaltación de verla, la volvió a oler, la respiró con más fuerza que nunca, con violencia feroz, estallando sus ojos ante semejante encuentro, rencuentro.
Y, de repente, volvió a proceder a la autopsia de aquel vientre blanco, Ana pensaba respirarla por última vez, despedirla y demostrarle que ella ya no era nada ni nadie para ella, pensaba abusarla, besarla, darle odios y amores y una última noche inolvidable, imborrable.
Hasta que al fin, en ese instante, lo descubrió, ese vientre blanco que despedazaba entre sus labios y su nariz ya no era de la Magia, era de ella, de Ana, Ana que yació para siempre luego de aquel último respiro…. Y de sangre contaminó con su nariz aquel vientre, muerto. Su magia muerta.
Muerta