29.9.08

Esas cosas que se dicen

Dicen que no dormir te quita el sueño. Que la vigilia es el mejor remedio contra el insomnio. Que es mejor y más fácil un cabaret a las tres de la mañana que el bar de la esquina con velas sobre la mesa calentando rosas ausentes.
Le regalé dos flores a un prostituto y después lo destrocé sobre la cama. Desde aquel día ya no tuve sueño, nos acostábamos en la cama a fumar cigarrillos de distintos tamaños y colores, vimos todas las películas francesas que se habían estrenado ese año, desparramábamos nuestros ojos en el techo para imaginarnos la densa oscuridad de la noche que estaba detrás de esa coraza de cemento.
Él me regaló un libro autografiado por su lapicera azul de punta redonda, le besé la punta de los dedos para calmar su alma, repleta de torbellinos existenciales y deseos disparándose como lloviznas de otoño.
De a ratos, cuando me encontraba con mi soledad, yo seguía tejiendo mis trastornos, me encerraba en la duda y escapaba del futuro, ¡maldición! Que miedo me ha dado siempre esperar algo, más miedo me ha dado siempre esperar algo y que no se cumpla, por eso más veces que siempre escapo, corro rápido antes de que pase o, en caso contrario, de que no pase.
Me levanté descalza, di vueltas sobre sus palabras durante meses, me ensordecí en los bares. Tomaba pastillas, whisky o ginebra, veía películas de Almodóvar; conversaba sin pasión con la noche, con los insensatos crepúsculos que como él y como yo paseaban sus sueños calcinados e imposibles, o casi. Dicen que nada es imposible.
Veía dos hombres por noche, tres putas por atardecer (sí, no hay dudas de que las mujeres me gustan mucho más cuando el Sol con sus últimas energías les roza la piel de Diosas extraviadas). Veía borrachos, cantantes fracasados, veía ladrones y mujeres despechadas, todo eso veía cada día pero sé, aunque él en la vida no me lo crea, sé fehacientemente que a ninguno le permití verme.
Al retirarse la luna el alcohol ya no me embriagaba, el malestar me mantenía sobria y despierta, la migraña permanecía estática, como de costumbre. Entonces jugaba al dominó, escribía, tomaba vino o cerveza, y miraba el Sol hasta que me dolían los ojos, cada vez aguantaba más tiempo, o mis ojos sentían menos, no alcanzo a distinguir el hecho.
Era un mediodía de mitad semana la última vez que lo vi. Mí prostituto que me acusó sin acusarme con su mirada penetrante e inquisitiva, que me habló con frialdad y contaminación, que me soltó sus alas para que se rompan con las mías, (1) un olvidemos, mas (2) dos nunca supe si te quise en verdad, (1) un franco y seguro nos estaremos viendo pronto, y (1) un pronto que pronto se convirtió en jamás.
Era un medio día a mitad de otra semana cuando me pinté los párpados, mojé mi frente y salí.
Y seguí, otro trago, otro vodka, tal vez un licor de menta.Dicen que no dormir te quita el sueño y que la noche te cura todas las heridas, que un trago y a otra cosa y que así como se va esa cosa viene otra cosa mas maravillosa.
Dicen que la vigilia es el mejor remedio contra el insomnio. Y que es mejor y más fácil un cabaret a las tres de la mañana que el bar de la esquina con velas sobre la mesa calentando rosas ausentes.
¿Quién lo dijo?
Que venga quien lo dijo.
Que venga y le rompo la cara.